En la música, que es mi campo, generalmente hay que prepararse para un gran final. Es primordial la imagen que el público se lleva al terminar el concierto; la última canción, la escena culminante, la destreza, la sorpresa, las notas imposibles, el virtuosismo. A menudo los artistas guardamos lo mejor para el final. Si comparamos la actividad artística con cualquier otra, veremos que hay mucho de bueno en programar una salida espectacular, aunque eso signifique un esfuerzo mayor o una maniobra difícil. A veces, un buen final es resultado de la coincidencia, pero casi siempre se logra por la estrategia, la planificación o, simplemente la convicción; mentalizarse para que al culminar nuestra jornada, estaremos en plena condición de dar lo mejor de nosotros.
En declaraciones recientes del estratega del Deportivo Saprissa, le escuché decir que la ¨Saprihora¨ debe desaparecer, que es un motivo de presión para los jugadores y que prefiere resolver el resultado a lo largo del partido, no en los últimos minutos. Pues les confieso, que aunque la intención sea buena, ese criterio me ha decepcionado, ya que siempre había creído que ese último esfuerzo que tantas satisfacciones le ha dado al saprissismo era algo que estaba en la convicción de los jugadores y de la afición, que había preparación física y mental para, en caso necesario, aplicar la magia de la Saprihora.
Han sido tantas las veces que el equipo morado ha resuelto en los minutos finales un resultado adverso, que la afición adoptó el término Saprihora para salir sonrientes del estadio, no perder la esperanza e inyectar emoción a los jugadores, fortalecerles cuando más lo necesitan, después de haberse entregado con todas sus fuerzas, alcanzar el objetivo de salir airosos.
Desde mi óptica de artista, la Saprihora es un gran final, aplicable a cualquier actividad humana, es la astuta culminación de un espectáculo para que el público salga satisfecho recordando los últimos momentos del show, una premisa sicológica y física para alcanzar esas notas imposibles, esa sorpresa, ese virtuosismo que surge cuando creíamos que ya no había fuerzas, que no quedaban recursos.
No debe morir la Saprihora. Por el contrario, hay que estimularla con la mentalidad de luchar hasta el final y con la preparación física suficiente para jugar otro partido más, si es necesario.
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